Concha Rodríguez: “Ser mujer, extremeña y también actriz… hace muy difícil que tu voz sea alta y clara como autora”

Charlamos con Concha Rodríguez, dramaturga, actriz, productora y directora de La Estampa Teatro, sobre su trayectoria profesional y el proceso en la escritura de teatral

Imagen, cortesía de La Estampa Teatro

—Según tu biografía, fue durante el bachillerato cuando escribiste e interpretaste tu primer monólogo. ¿Cómo es que acabaste en el teatro y no en el Club de la Comedia?

—El teatro me venía rondando desde mi más temprana edad. Mi hermano Miguel estudiaba en el colegio San José de Villafranca de los Barros, y los jesuitas sacaron su vena artística y hacía protagonistas todos los años y yo disfrutaba viéndole y deseaba crecer para subirme a ese escenario. Ya con nueve años sabía que lo mío era puro teatro. Tuve además la suerte de contar en el instituto con profesores que se involucraron en montar un grupo de teatro y ahí estaba y me colé, preparada a mi manera para interpretar a Mariana Pineda, a la Poncia, a destripar a Valle Inclán… Eran años convulsos por la propia libertad que entraba a borbotones, éramos amigos de los profesores jóvenes y nos contaban sus enfrentamientos con los profesores más conservadores… Y ahí estaba yo para regalarles un monólogo teatral en el que campaban a sus anchas todas mis emociones, mis sueños y mi gran decepción. Siempre tan crítica. Lo siento. Soy Virgo.

—En la segunda mitad de los 80 había una enorme movida universitaria en Cáceres y unas consolidadas manifestaciones de lo que hoy llamaríamos contracultura. ¿Qué recuerdas de todo aquello?

—Mi sueño era estudiar periodismo en la Complutense y compaginarlo con el Teatro; y me convencieron de que estudiara una carrera que me diera un trabajo seguro y, después, “reírme del mundo”. La Ley de Murfi se cebó pronto conmigo. Elegí “Clásicas,” siguiendo los pasos de mi hermana Isabel, pues el Latín y el Griego se me daban bastante bien y sabía que era trabajo inmediato, y en mi segundo de carrera tras la Reforma de Educación se cargan el Latín y el Griego y todo lo que verdeguea, y nos deja un sistema educativo bastante tocado. Ese segundo de carrera fue un año perdido de clases, recuerdo la facultad cerrada o vacía, pero seguíamos viviendo en Cáceres, llenando las calles, abarrotando las manifestaciones, encerrándonos por las noches en la facultad, tirando huevos a los Múltiples (que nos facilitaban los sindicatos justo cuando llegaban las cámaras de los periodistas). Fue una pataleta orquestada y los estudiantes éramos el coro. Al final del curso nos exigieron temario completo, tuvimos que comprar los libros de texto de la UNED y fueron los meses que más he estudiado en mi vida. Y chitón.

—Durante tu etapa en Cáceres te subes a las tablas de la mano del Teatro Estable. Suponemos que eso te abriría los ojos: de adolescente pensamos que el actor es una especie de animal glamuroso, pero en realidad es otra cosa, con unas miserias y grandezas más mundanas. A muchos, esa primera experiencia con la realidad del teatro les hace distanciarse, en cambio tú no tardaste ni tres años en crear tu propia compañía. Háblanos de tu primera experiencia teatral y esa otra gran decisión de montar La Estampa Teatro con apenas 26 años.

Cuánta razón tienes. Quizá el ser empresaria tan pronto fue mi huida de todo ese glamureo, distanciarme de una serie de grupos en los que yo no encajaba. Mis padres me obligaban a aprobarlo todo en junio, para que me dejaran seguir con el Teatro e irme de gira en verano. Para mí esto era muy serio y con el Teatro Estable de Cáceres sí respetaban todas mis necesidades estudiantiles y empecé poco a poco en este mundo maravilloso, en una ciudad que despertaba teatralmente su Festival de Teatro Clásico, y con el ambiente que yo soñaba. Después llegaron experiencias dolorosas y bastante oscuras, que nada tenían que ver con mis sueños y mis formas de trabajar, y busqué una comedia a mi medida, representando a Karin, una versión de Arteche (gran hombre de teatro fallecido hace unos días), le propuse a mi hermano montarla y de ahí hacia adelante.

—Desde entonces, te involucras en cursos y másteres para ampliar tu formación. En el teatro nunca se acaba de aprender, ¿verdad?

El Teatro es vida. Y la vida no deja de sorprendernos. Hacer teatro es mostrarle al público qué sientes, qué opinas, qué propones desde distintos puntos de vista. Cada personaje tiene un punto de vista y, debe haber ante todo, conflictos que resolver y distintas formas de hacerlo. Es el género más democrático, por ello quizá demos tanto miedo e intenten invisibilizarnos.

—Tu primera obra está fechada en 2001… Háblanos de tu puesta de largo como dramaturga.

Mi puesta de largo como dramaturga fue el Festival de Teatro Clásico de Mérida, con la versión en extremeño de El Sueño de una Noche de Verano. Fue un auténtico éxito, la comedia funcionó como un reloj. Casualmente nunca he vuelto a versionar nada en Mérida, ni a pisar la arena. Tras tanta frustración escribí Nido de Víboras, una ácida comedia que retrataba esa locura de los acomodados de los 90: Ese glamour loco y dañino del que hablabas antes, esas mezclas de cocaína, cócteles explosivos y niños de por medio. Ese verse en el mundo cultural como un triunfo social, muy de Ferias de Teatro. Era una crítica a todo eso. Disfruté muchísimo con esta comedia, aunque la profesión se la tomó fatal.

—La escritura teatral es un tanto peculiar, ya que muchas veces el texto va sufriendo innumerables modificaciones cuando salta del papel a las tablas. Explícanos cómo se trabaja esta disciplina, desde tu triple experiencia como autora, directora y actriz.

—Yo escribo para mi compañía y, por supuesto, pienso en la producción, en el momento e incluso en las personas con las que quiero contar. También he trabajado en encargos donde te piden cosas muy concretas, y en circunstancias a su vez concretas. Escribir para mi compañía me da mucha libertad, y casi siempre he escrito comedia social. Me gusta que me dirijan, rodearme de actrices y actores que me sorprendan y descoloquen mi obra. Sé que es muy complicado, y que puedo llegar a ser muy cansina, pero me encanta dejar el texto un 80% escrito y en los primeros ensayos, con la verdad de los actores, acabar la obra. Aunque la obra teatral siempre está viva, con posibilidades infinitas de adaptación y evolución. De hecho, cada día de representación respira de una manera. Adoro al público, que también lleva te lleva a lugares maravillosos de la obra.

—En tu biografía explicitas que “escribes un teatro que no encontraste”. Con más de dos décadas de carrera teatral, ¿qué evolución has visto en el teatro patrio con respecto a dos de los temas que más parecen importarte: la justicia social y el papel de la mujer en la comunidad?

En España, tanto tienes, tanto vales, y en los últimos años lo he vivido en primera persona. Ser mujer, extremeña y también actriz… hace muy difícil que tu voz sea alta y clara como autora. No saben catalogarte. Es muy fácil arrinconarme y callarme, aunque los textos ahí están, y eso me tranquiliza y me fascina. Empecé hace veinte años a escribir teatro social, yo diría que muy reivindicativo, para problemas brutales que como mujer veía a mi alrededor. Me sentía útil. Ahora todas las compañías tienen su cuota de teatro de igualdad y las mujeres con voz nos perdemos ante tanta multitud.

—Dicen que la comedia es el género más difícil. ¿Es así?

—La comedia es una vuelta de rosca al dolor, a la torpeza, al miedo, a la angustia. Mientras peor estés, más comedia sacarás. Dicen que la crisis del 2008 ha democratizado la tragedia. La tragedia siempre ha hablado de reyes y nobleza; la comedia del pueblo raso. Y eso queda en la conciencia colectiva y hace creer que la comedia es inferior a la tragedia, pero no es así. La tragedia acaba fatal, en muerte, y eso es sencillo, pero jugar con el dolor, con lo blando del ser humano, lo corrupto… ridiculizarlo; darle un escarmiento y mostrarlo al público como un monigote y dejarle vivir… Es bastante más complicado, pero también bastante más útil.

—¿Qué obra, de las que has firmado, te ha reportado más satisfacciones?

Muchas. Pero me quedo con Hoy viene a cenar mi sobrino el concejal. La disfruté muchísimo como actriz y la sufrí tremendamente cuando, como autora, la vi montada por otra compañía. Me sentí madre, madraza. Es de la obra que más he aprendido en todos los sentidos. Y el infantil Doña Bruja quiere Amigos, que lleva programándose ininterrumpidamente durante dieciocho años, y lo que queda por hacernos disfrutar.

Doña bruja quiere amigos, La Estampa Teatro

—¿Escribes otro tipo de textos además de teatrales?

—Escribo relatos, guiones de cine, cortos y tratamientos de series y guiones de mis obras teatrales. Mi sueño es escribir una novela. Y ya estoy en ello.

—En el momento que nos ha tocado vivir, hay lemas un poco paradójicos como el de “el teatro en casa”. Ya sabemos que no queda otra, pero ¿no te parece excesivo? ¿O crees que este tipo de iniciativas pueden ser positivas para recuperar público cuando volvamos a eso que llaman normalidad?

—El momento que nos ha tocado vivir ha desmantelado todo, y en este país tenemos la costumbre de inventar un sistema cada día, y de dejar tu sello en cada situación. El Teatro debe estar muy bien grabado y ser muy potente para competir con el audiovisual.  Creo que sería muy interesante volver al formato del Estudio 1. Eran unas producciones brutales de televisión. Y cuidar a los actores profesionales y la parte técnica es imprescindible; ahora salen artistas de debajo de las setas… Hay programas informáticos que hacen de una niña de 5 años una superestrella con su coro hecho por sí misma… Y valorar la autoría patria: el Teatro deberá contar en quién nos ha convertido éste “corona” y seguir siendo espejo de la sociedad que somos, sin miedo a enfrentarnos al esperpento. Ojalá surja la necesidad de escuchar a los autores, y que den un lugar al Teatro Contemporáneo.

—Has vivido en Badajoz, ¿qué opinión te merece su oferta cultural?

Badajoz me trata bien. Siempre me ha tratado bien. He pasado por el Festival de Teatro Contemporáneo con todas mis obras. Me encantaría que ese Teatro y ese Festival —el único contemporáneo—, que para mí es un Templo tuviera la fuerza y el reconocimiento que merece.

Badajoz rezuma artistas por todos su poros. Falta verlos, respirarlos.  Falta una guía del ocio llena de posibilidades, y que hacer música en directo y teatro alternativo fuera más rentable. Y no hubiera que cerrar salas que dan vida. Hay mucho por hacer culturalmente en Badajoz, y en Extremadura en general.

—Por último, ¿con qué proyectos estás ahora que podamos ver próximamente?

—He escrito una obra titulada El Velo de las Mariposas, creo que un poco visionaria. Una profesora de literatura de segundo de bachillerato imparte un seminario especial de poesía, en las horas del recreo. El recreo, la asignatura que marca el carácter. Selectividad, la que marca el futuro académico. ¿Qué pasará? Deseando producirla y disfrutarla, desde el prisma de todo lo vivido. Sin duda marcará una diferencia el estreno respecto a la primera versión del proyecto. Eso es lo maravilloso de hacer teatro contemporáneo. Vivir el presente y contarlo y recrearlo y compartirlo. Y la vida se encarga de hacerte alucinar. Lo dirigirá Eva Romero y se estrena en Almendralejo, el 25 de Septiembre. Ojalá y así sea.

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Concha Rodríguez escribe Teatro como una necesidad de gritar bien alto. No es autobiográfico, aunque sienta sus obras como terapias maravillosas. Ya en el instituto, escribió e interpretó su primer monólogo Mis zapatitos sabios, donde ponía a caldo el sistema educativo. Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Extremadura (1986-1990), es durante su etapa universitaria cuando comienza a trabajar profesionalmente en el Teatro Estable de Cáceres. Su formación le viene mayoritariamente de su experiencia como actriz y del trabajo con directores, entre los que destacan, en su primera etapa, Antonio Malonda y Ángel Facio. En 1993, a la edad de ventiséis años forma la compañía La Estampa Teatro.
Obras: Nido de Víboras (2001), Doña Bruja quiere amigos (2002), Siete hembras sin piedad (2003), Hoy viene a cenar mi sobrino concejal (2004), Primitiva Vanidad (2007), Para bellum (2009), Última luna de abril (2012), Efecto Dulcinea (2013), La vida secreta de mamá (2015), Homenaje inesperado (2018), El velo de las mariposas (2020).

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